La angustia de tener a tu hijo enfermo

Mando un mensaje a una colega para reclamarle por una información que debía enviarme y no recibí. “Perdóname, tuve a mi hija internada”, me responde sobre su chiquita de meses. Quiero dejar el teléfono y correr a abrazarla, decirle que cómo se le ocurre pedirme perdón, que perdón tengo que pedir yo por haber preguntado cualquier cosa en ese momento en que no el mundo, el universo, se te para.

Debe ser una de las angustias más grandes la que atraviesa una mamá cuando su hijo queda en el hospital. Ni hablar cuando ese hijo es un bebé.

Lo viví cuando mi hija tenía cuatro meses. Me acuerdo como si fuera hoy, aunque pasaron 13 años: estaba en un almuerzo importante de trabajo, y su niñera me llamó por teléfono: “La fiebre no le baja”. No me importó nada más de lo que me dijera mi interlocutor, sólo quería irme y llegar a mi casa, como si mi sola presencia pudiera mágicamente hacer bajar el termómetro.

No sucedió, claro. Corriendo al pediatra, que nos mandó a hacer un análisis de sangre. Ver a mi gordita gritando mientras la enfermera intentaba clavarle la aguja y no podía, me desgarraba. Cuando lo logró, el grito y el llanto de ella fue aún mayor: los míos los contuve.

A esperar el resultado, y de ahí a la médica de guardia. La sala de espera atestada, la noche ya bien entrada. “¡Otro más con fiebre no!”, fue lo primero que exclamó al vernos entrar. Había despachado a no sé cuántos chicos con un cuadro compatible con meningitis. La mía era una más.

De ahí a hacer los trámites de internación, no había cama en ningún lado, nos derivaron a una clínica que no había escuchado en mi vida. Nos hicieron hacer las 10 cuadras en ambulancia, como si temieran que me fuera a escapar con ella. En el cubículo de esa camioneta, le agarraba la manito y se me estrujaba el corazón. Mi marido iba detrás en el auto. Me sentía sola, quería rebobinar y que la niñera llamara de vuelta y dijera que estaba todo bien.

Nos recibió un médico y un enfermero en la clínica desconocida. Prejuicio, por supuesto, no me gustó que un hombre fuera a cuidar a mi bebé. Quería una enfermera, como las que nos habían asistido la vez anterior que estuvimos en una clínica, cuando todo era alegría por el nacimiento.

Ese hombre, cuyo nombre no puedo recordar, se convirtió en nuestro ángel de la guarda. Cuidó a mi hija con un amor que iba más allá de su trabajo. Y me confortó a mí en la angustia: “Espero no verte mañana”, me decía cada día al despedirse.

Lloré mares esa noche. Tenía miedo. De que fuera algo grave, de que se me muriera, de que me la robaran. Obligué a mi marido a cruzar mi cama delante de la cama-cuna de ella. Allí pasé toda la madrugada en una duermevela, soñando monstruos.

Siguieron horas de incertidumbre. Nadie sabía qué tenía Paloma. Hasta que al tercer día, mágicamente, nos dieron de alta. Los chicos son así, me explicaron. Los virus también, impredecibles.

Nos fuimos a casa. No podía haber felicidad más grande que ver ahora a mi gordita sonreír.

Así que desde entonces, inevitablemente, cada vez que una mamá me cuenta que su hijo está internado no puedo evitar recordar esos días y solidarizarme en lo más íntimo. Y desearle que también para ella pase pronto, que también vuelvan rápido a casa, que también su hijo pueda sonreír. Un chiquito enfermo es de esas cosas que van en contra del orden natural del mundo, que no puedo entender. Si vos que llegaste hasta acá leyendo lo estás pasando, sentí un abrazo enorme de otra mamá que te conforta, como lo hizo conmigo el ángel guardián de ambo verde.

 

Foto: Flickr

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