¿Vacunamos o no?

Hay verdades en el mundo de la maternidad que son indiscutidas: una de ellas son las vacunas. Nuestro bebé sale de la clínica y su pequeño cuerpecito ya lleva una batería de anticuerpos contra virus que pueden hacerle mucho daño. Sin embargo en los últimos años, esa y otras verdades comenzaron a ser cuestionadas. Tímidamente, en movimientos todavía pequeños, pero que están creciendo. En los últimos días, a partir de las declaraciones de un personaje mediático al que no vale ni la pena mencionar. Pero esos cuestionamientos se repiten, se amplifican, vuelven otra vez a traer a debate un tema que no debería tenerlo y, se quiera o no, empieza a resonar la duda: ¿son seguras las vacunas?

Los movimientos antivacunas están en alza en Estados Unidos y en Europa. Hay incluso médicos que no las indican y padres que se niegan a aplicarlas a sus hijos. Algunos buscan un modo de vida más natural, otros cuestionan a la industria farmacéutica. Lo concreto es que entidades médicas en todo el mundo tienen las señales de alarma encendidas. Este año, la reaparición de casos de sarampión en Argentina también las encendió acá: en unos pocos días termina la campaña de refuerzo con la dosis adicional para prevenir esta enfermedad y todavía falta vacunar un alto porcentaje de chicos.

En nuestro país hay un grupo de Facebook que se llama Argentina Anti Vacunas y que tiene más de 16.000 seguidores, un número nada desdeñable. En el blog de esta “comunidad contra las vacunas obligatorias en Argentina”, cuyos autores no figuran, se acumulan posteos cuestionando la eficacia y la seguridad de las vacunas, y vinculándolas con diversas enfermedades. También se impulsó desde Change una campaña contra la vacunación obligatoria: vale recordar que Argentina tiene uno de los calendarios de vacunación gratuita más amplios del mundo.

¿Cuáles son los argumentos de los que se oponen a las vacunas? En la campaña de Change, uno de ellos es que no se puede obligar a nadie a recibir una práctica médica que no lo desee. “Las vacunas no sólo protegen al individuo sino también proveen protección al resto de la comunidad. Al mismo tiempo, los niños no son capaces de definir por sí mismos la necesidad de recibir o no una vacuna. Por estos dos motivos es necesario mantener la obligatoriedad de las vacunas”, empieza Pablo Bonheví, jefe de Infectología del CEMIC y presidente de la Comisión de Vacunas de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI).

Bonheví se refiere a lo que se llama “efecto rebaño”: la vacuna no protege solamente al que la recibe sino que, cuanto mayor es la población inmunizada, más protegida está el resto. Este es un ejemplo claro de lo que pasa con el sarampión: están en riesgo de contagiarse los bebés que, por edad, todavía no pueden recibir la vacuna. Este video de Fabricio Ballarini, especialista del Conicet, explica de manera clara qué significa esto del “efecto rebaño”.

Pero el principal argumento de los antivacunas no es una cuestión de derechos, sino que las vacunas, por el contrario de lo que proponen, pueden tener efectos nocivos para la salud. Y el caso que siempre se suele traer es el que asocia a las vacunas con el riesgo de autismo.

En 1998, la revista médica The Lancet —una de las publicaciones médicas más prestigiosas del mundo— publicó un artículo escrito por el doctor Andrew Wakefield. El estudio encendió la alarma porque vinculó la vacuna triple vírica, que funciona contra el sarampión, la parotiditis y la rubeola, con serias enfermedades. Afirmaba que habían estudiado a 12 chicos completamente normales y que luego de recibir la vacuna 11 de ellos habían desarrollado problemas intestinales, como inflamación crónica en el colon (también llamada enfermedad de Crohn), mientras que nueve habían mostrado desordenes en el desarrollo que incluían autismo, y uno de ellos, psicosis desintegrativa.

Pero 12 años después, The Lancet se retractó del estudio luego de que una investigación de la revista The New England Journal of Medicine revelara que el estudio de Wakefield era uno de los fraudes más grandes de la historia de la medicina. El investigador —al que se le prohibió luego ejercer como médico— había montado todo este supuesto estudio científico con el objetivo de impulsar una nueva vacuna “segura” que él mismo había patentado poco antes.

 

Aunque el estudio fue desmentido por un panel de expertos gubernamental en Estados Unidos, los movimientos antivacunas siguen invocando la asociación de las vacunas con el autismo y también sumando nuevos supuestos argumentos médicos para cuestionarlas. Por ejemplo, que tienen compuestos peligrosos como el mercurio o el aluminio, y virus o bacterias procedentes de cultivos de células animales.

“El mercurio existe en la naturaleza bajo tres formas: elementos metálicos, sales inorgánicas y componentes orgánicos como el etil-mercurio. Algunas vacunas utilizan para su conservación el timerosal, que es una sal de etil-mercurio. La Organización Mundial de la Salud sigue recomendando su uso sobre la base de que los estudios no muestran evidencias de toxicidad por la exposición al mismo. Otros componentes como el hidróxido de aluminio no han demostrado ser tóxicos y permiten mejorar la respuesta del sistema inmune del individuo a la vacuna a la cual están asociadas. Para el desarrollo de algunas vacunas se utilizan líneas celulares, muchas de las cuales ya han sido utilizadas previamente para el desarrollo de otras vacunas o si se utilizan por primera vez tienen una extensa investigación previa para probar su inocuidad. Por otro lado, las técnicas de diagnóstico con las cuales contamos actualmente permiten descartar cualquier agente infeccioso latente que pudiera estar contenido en dichas líneas celulares”, descarta riesgos Bonheví.

Ahora bien, ¿son seguras las vacunas? ¿Pueden generar efectos adversos? La respuesta es sí a ambas preguntas.

“Una de las características primordiales de las vacunas es la seguridad, que se controla a lo largo de todo el proyecto de desarrollo e investigación y luego, una vez que están disponibles para su aplicación, se continúa en forma permanente la vigilancia de eventos adversos raros y graves que pudiesen aparecer luego del uso masivo de las mismas. Existen efectos adversos locales como enrojecimiento, dolor o hinchazón en el sitio de aplicación que pueden observarse en algunos casos y son parte de la respuesta inmune del individuo a la vacunación y no conllevan mayores riesgos. Algunas vacunas también se pueden asociar a efectos como fiebre o dolores musculares, pero son infrecuentes y se autolimitan en corto tiempo sin poner en riesgo la salud de la persona”, explica Bonheví.

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Un caso típico que se suele asociar a un efecto adverso de la vacuna es el de las personas que sufren síntomas similares a los de una gripe luego de darse, justamente, la antigripal. “Esta vacuna es a virus inactivado, por lo cual jamás podría causar un cuadro gripal porque los componentes de la vacunas son no replicativos. Pero al mismo tiempo circulan otros virus respiratorios y se podría estar incubando alguna de esas virosis al recibir la vacuna. La gente luego relaciona el cuadro con la vacuna antigripal: recibir la vacuna y tener otro cuadro viral están asociados en tiempo, pero la vacuna no es causal”, remarca Andrea Gentile, jefa de Epidemiología del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez y ex presidenta de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP).

La especialista apunta otro dato importante: para que una vacuna sea efectiva, hay que aplicarse todas las dosis. “Si el niño no las recibe, no está debidamente protegido”, advierte. Y contesta a otras preguntas que todas las madres que tuvimos más de un hijo nos hicimos alguna vez. ¿Por qué con el segundo el pediatra me indicó una vacuna que con el primero no? ¿Tengo que darle una nueva vacuna que no está incluida en el calendario oficial, pagando yo el costo? “El pediatra tiene obligación de informar a los padres las opciones, describir esas vacunas y la importancia o no de la enfermedad que previene”, dice. Bonheví amplía: “La incorporación de una vacuna al calendario es un proceso que contempla múltiples aspectos desde el punto de vista de salud pública, por eso se requiere un tiempo para que se incluya. Mientras esto ocurre, las sociedades científicas emiten recomendaciones para que el médico en su práctica pueda valorar la necesidad de recomendar una nueva vacuna”.

Ambos especialistas coinciden en que en Argentina, a diferencia de lo que puede ocurrir en Europa, el movimiento antivacunas es todavía débil y no influye en las coberturas de vacunación. Pero, no obstante, esos índices están bajando. Por eso, remarcan la necesidad de que los padres estén informados sobre el valor de las vacunas para salvar vidas. “La necesidad de empoderar a la comunidad es también un punto clave: es importante entender que las vacunas son un derecho y no una obligación”, afirma Gentile.

Entonces, ¿vacunamos o no vacunamos? Desde MUM tenemos una posición clara: somos pro vacunas. Creemos en la evolución y en valernos de todos los recursos (por supuesto, incluidos los médicos) que nos ayude a proteger a nuestros hijos. Y las vacunas son uno de los más valiosos.

 

Foto: Pixnio

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