Adaptación de Bauti: pasé la puerta del jardín llorando

Vamos con Bauti, tomados de la mano, caminando al jardín. Esta vez la adaptación para mí no es nueva, tengo una hija que tiene 8 años, pero para él sí. Está ansioso y se lo nota nervioso, no sabe lo que está por venir. Y si bien su hermana Guadalupe y yo le hablamos y contamos todo lo lindo de ir al cole, pasa la puerta de la sala sin soltarme la mano.

Y yo, que me hacía la superada pensando que la adaptación con el segundo iba a ser más fácil, me encuentro con el hecho de que lo fue sí, pero para él y no tanto para mí.

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Los primeros días descubrimos juntos la sala, los juegos, conocimos a la seño. Veía desde un rincón cómo jugaba con otros amigos, aunque cada tanto me buscaba con la mirada. Y así me fui alejando, dándole su espacio, brindándole confianza.

Entendí por qué con Guada me costó tanto la adaptación, por qué lloraba sin parar cuando me iba y no quería separarse. El problema no era ella, era yo que no le demostraba seguridad, que no le decía que todo iba a estar bien. Adaptación, como dice la licencia Karina Pintos de @consultoriodecrianza, es aprender a separarse.

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Si hay algo que aprendí con el segundo es a anticiparle lo que va a pasar. Nada de salir corriendo en cuanto se distrae jugando (algo que hice con mi primera hija en más de una oportunidad) para no verla llorar. Hablarle, decirle que va a estar un rato en el jardín y luego vamos a ir casa. Contarle quién lo retirará, en caso de que no seamos nosotras. El decirle “mamá te espera afuera o mamá te va a venir a buscar en un rato”, le dio a Bauti seguridad y tranquilidad y así pasó sus días de adaptación sin contratiempos. Y fui yo la que pasó la puerta del jardín llorando. Mi chiquito ya no es más bebé, empezó el jardín, cerramos otra etapa.

 

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