Una MUM: Beta Suárez

En tiempos en que tener un blog no estaba de moda, ella escribía uno cuando sus hijas dormían y el día terminaba (¿termina el día para nosotras alguna vez?). También fue pionera en eso que se llamaba Instagram, y allí se constituyó en una celebridad de la red (su cuenta @mujer.madre.y.argentina la siguen más de 56.000 personas) hablando con ironía, simpleza y sinceridad de esas cosas que nos pasan a todas. Beta Suárez (45) se define como una creadora serial de contenido: colabora en distintos medios nacionales e internacionales, sus textos se convirtieron en libro (“Las madres tenemos derechos”, de editorial Planeta), da charlas y conferencias y siempre dialoga con esa comunidad de mujeres, madres y argentinas como ella.

—¿Cómo surgió tu blog Mujer, Madre y Argentina (MMyA)?

—Escribo desde chiquita, pero el blog nació cuando una amiga me manda por mail (hace una eternidad), un texto sobre maternidad con un asunto que decía: “Esto te va a encantar, es re vos”. Claro, era “re yo” porque era un texto mío al que le habían quitado la firma. Ese día abrí el blog, fue el primero sobre maternidad en Argentina, en una época en la que había que había que explicar qué era un blog. Yo sentía que no había modo de dar con la vara. Si era una madre que trabajaba, era una madre abandónica. Si era una madre que se quedaba en casa era una madre sin ambiciones que iba a criar hijos chatos. Sentí que tenía que existir un lugar mucho más amable (desde el concepto, yo escribo con mucho humor negro) para la maternidad, y ese lugar lo construí con la pluma, casi como un acto de rebeldía. El blog fue mi trinchera. Casi enseguida me empezaron a leer desde muchos países, y luego los medios que levantaban mis textos y las redes sociales hicieron el resto. Mucho más tarde, el libro que está en todo el país (y próximo a publicarse en México) casi casi que cerró el círculo, pero sólo para seguir rodando.

—¿Te costó animarte a exponerte vos, a tu marido y a tus dos hijas en las redes?

—Fue un proceso, las redes se abrieron y se convirtieron en algo más personal, aunque no sea el único modo de hacerlo. En Facebook, por ejemplo, no funcionaba así.  Por diversos motivos yo soy bastante pública desde hace años. Subir algunas fotos de mi familia (son muchas menos de las que parece eh, pero tienen mucha pregnancia) es siempre una decisión familiar, que va cambiando. Si en algún momento quiero subir alguna foto de mis hijas, consulto. Tampoco somos los Kardashian así que no es tan complicado. Las redes son para mí una vidriera para mostrar, y para expandir dos de las cosas que más me gustan hacer en el mundo mundial: escribir y dar charlas sobre comunicación. No escribo para las redes, es sólo otro medio en donde puedo publicar lo que escribo y de vez en cuando lo acompaño con fotos de mi familia.

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—En general, y en Instagram en particular, la maternidad siempre está asociada a lo bello y fácil, como si eso fuera lo natural. ¿Por qué nos cuesta tanto asumir su lado B?

–Creo que a esta altura eso es más un mito que una realidad. Instagram ya no es eso. Lo que sí creo es que, como en todo, hay cuentas que se pasan de mambo con el lado B (que para mí no existe, la maternidad es una, con todo lo que viene en el combo) y entonces son tan irreales (y complicadas) como las que muestran sólo perfección. Una madre que sonríe todo el tiempo, vestida en colores pasteles, me da esquizofrenia, no felicidad. Y una madre que vive desbordada me parece peligrosísima. Como modelo a seguir digo, porque si no le estamos diciendo a una futura madre que hasta que no se desborde, no lo es. Creo que ambos extremos subestiman al que está del otro lado, pero justamente es el lector, el “seguidor” el que está empezando a regular. Y está buenísimo. Dicho eso, defiendo absolutamente la libertad de cada uno de publicar en su cuenta lo que se le cante.

—¿Qué aprendiste sobre la maternidad en todos estos años, a partir del intercambio en la red con otras madres?

—Aprendí a tener una mirada más caritativa. Sobre la maternidad ajena y también sobre la propia. Y sobre todo confirmé que hay tantos modos de ser madre como madres hay en el mundo y que nadie debería meterse con eso. No importa lo que haga (y hago muchas cosas), al final del día lo más complejo que hice fue criar. Y la que está enfrente está en la misma situación, aunque yo no quiera colecho y ella suba hasta a la tortuga a su cama. Deberíamos ser más amables, hay muchas madres en situaciones muy complicadas. Situaciones de orígenes muy diversos.  Es más fácil, más humano y más maternal, si nos ayudamos entre todos, también en la red. Yo no hablo de los hijos en mis textos. Yo hablo de las madres. Y propicio la desdramatización y el encuentro. Me copa más la idea de sentarnos con una cerveza helada a compartir experiencias que la de andar juzgando cómo la otra cría a sus hijos.

—¿Cuáles son los derechos que tenemos las madres? ¿Y por qué nos cuesta tanto hacerlos valer?

—Me parece que hay un juego medio perverso entre lo que las madres creemos que somos y lo que “la sociedad nuestra crianza”, nos marca como lo que debemos ser y hacer. Me parece muy importante que podamos decir de verdad que los hijos son lo mejor que nos pasó en la vida, pero no lo único. Me parece vital educar para que ellos sepan que si el día de mañana deciden tener hijos no se les acaba la vida, sino todo lo contrario. La maternidad es postergación, pero la postergación no es abandono. Los derechos son entonces todos los que queramos, pero somos las primeras que tenemos que aceptar que, por ejemplo, nuestros hijos la pueden pasar genial sin nosotras. Cuando podemos liberar eso, descubrimos que tenemos tiempo, otra vez, para ir al baño solas, y de ahí en adelante, el mundo entero a nuestros pies, jaja. Me parece también que uno de nuestros derechos más poderoso es la capacidad de cederlos, por un rato, cuando nuestra maternidad lo necesite, lo merezca o se nos cante.

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—Siempre hablas de la “hora mágica”: ¿cuál es la tuya y cómo la aprovechas?

—La hora mágica es una de esas cosas que empezó como un chiste, un hashtag, en las redes. Es ese momento en el que todos duermen menos vos y entonces descubrís ese tiempo detenido en el que nadie te dice “mamá”. Los instantes en los que estás sola. Para algunos es a la mañana, para otros es a la noche, para otros es cuando dejan a los nenes en el colegio o en el trayecto en colectivo hasta el trabajo. A mí me gustan esas horas y me gusta también cuando me las interrumpen. Es que los chicos crecen rápido, dicen…

—¿Cuál fue tu último momento?

—Ahora, mientras escribo las respuestas a esta entrevista. En mis horas mágicas siempre hay palabras. Y me encanta que así sea.

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