El juguete de mi niñez

Todos tuvimos un juguete que nos marcó. El que aún hoy recordamos. Te contamos cuál es el que guardamos más fuerte en nuestro corazón. El juguete de nuestra niñez. ¿Cuál es el juguete de tu niñez?

La nena de Mari

Le faltaban dos dedos. Me los comí. Nunca quise chupete, pero desde bebita, me confortaba con el dedo índice y el medio de mi mano derecha. Así que, lógicamente, eran los que dedos de mi muñeca que me metía en la mano.

No me los tragué, porque si no no estaría escribiendo estas líneas probablemente. Pero la anécdota de los dedos gráfica cuánto empatizaba con “la nena de Mari”, como se llamaba mi primer bebé, en homenaje a la tía Maria que me la había regalado.

Cuerpo de lana, pelo gris y un poco sucio de tantos años. Me acompañó incluso cuando llegaron otros bebotes. Porque para una madre, claro, ningún hijo desplaza a otro.

Adriana Santagati

 

Los pasos de Paula

Era tan alta como yo. Caminaba, también como yo. La guardaba seguido adentro de un placard como un tesoro. No quería que mis hermanos la usaran. Sólo la compartía de vez en cuando con algunas amigas que se maravillaban con los pasos que daba Paula, mi muñeca preferida de la infancia.

Se llamaba así, como mi bisabuela. Yo tendría unos 6 años, como mi hija hoy. La recuerdo acompañándome los días de frío y de calor. La vestía según la ocasión con ropa que yo misma le hacía o que tejían mis abuelas Carmen y Ofelia. Dormía cerca mío en una habitación con cuchetas que compartíamos con mi hermano Gastón.

Paula estuvo el día que soñé con ovnis y me invadió un miedo tan infinito que creía que los extraterrestres iban a desembarcar en mi jardín. También, las tardes de las primeras tareas en un escritorio amarillo que mis papás habían mandando a hacer para nosotros.

La recuerdo cerca mío cuando hice las primeras germinaciones. Vio crecer conmigo los primeros tallos y después sus brotes. Me vio jugar a las escondidas -¡las veces que me escondí en “nuestro placard”!- y festejar un cumpleaños en el que decoramos todo el cuarto con guirnaldas y globos como antesala a un patio lleno de juegos. Seguramente, me vio llorar sin que nadie supiera de mi tristeza.

Paula caminó conmigo mis primeros años de la infancia. Después, yo seguí mi camino y ella el suyo. No recuerdo el día en que nos perdimos de vista. Probablemente porque los recuerdos y las vivencias están tan presentes en mí que ella nunca se haya ido y siga de alguna manera conmigo.

Valeria López

 

La hora de las muñecas

Mi infancia la pase entre cuentos y muñecas. Las Barbies, que en los 80 eran un tanto difíciles de conseguir, y más aún de comprar para la clase media, eran el sueño de toda niña de menos de diez años. Llegué a tener dos y eran como un tesoro; la Barbie gimnasta y la hawaiana.

Con mi hermana Romina armábamos la mesa de té todas las tardes cuando regresábamos del cole. Las articuladas se sentaban junto con sus amigas, la Tammy doctora y dos Nenucos. Mientras Romi servía la merienda en tacitas y platos de juguete, yo les leía historias de algún cuento que mi mamá cada mes compraba en el “Círculo de lectores”.

El ritual de jugar con las muñecas se repetía cada día. Una vez tocaba el turno de la merienda, otra de ir al doctor, también improvisábamos playa con un poco de arena que había en el patio, porque siempre teníamos la casa en refacciones. Los días que tocaba desfile de modas mamá nos cosía polleras y remeras hechas con retazos de ropa vieja. Y ese día, la hora del juego era una verdadera fiesta.

Paula Coello

 

 

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