Nota mental: no volver a salir en vacaciones de invierno

Hace más de 20 años que trabajo de forma independiente y que una de las habitaciones de mi casa devino en oficina. Cada año, en vacaciones de invierno, tengo que hacer malabares entre mi trabajo, la casa y mis dos hijos: Guadalupe, 9 años; Bautista 4. Claro está que el chiquito es el más intenso de los dos: por edad, por género, por orden de llegada a este mundo, ¡por todo!

Este año mi marido se apiadó de mí y se tomó dos días para que salgamos los cuatro a pasear y recorrer la ciudad. Y allá fuimos, todos felices en el auto y los niños con sus sonrisas de oreja a oreja. El destino elegido fue un shopping porque tenía una atracción gratuita de una de las pelis del momento, que también tiene un museo para chicos que mis hijos adoran.

Ilusa yo al pensar que por ser jueves no iba a estar abarrotado por todos lados de seres humanos buscando distracciones para sus pequeños. Estacionar fue toda una odisea. Encontramos un lugar en el tercer subsuelo (“más abajo nos vamos a China”, soltó Guada, ya un tanto fastidiada por el viaje desde Banfield a Capital).

Mirá también: Vacaciones de invierno, 5 salidas distintas

La idea era ir al museo, pero antes sacar turno para las atracciones gratuitas con el fin de poder disfrutarlas caída la tarde. Primer gran chasco. Eran las 15 y todos los turnos del día se habían agotado a las 13.15, unos minutos después de la apertura del stand. Quise pensar que en el museo, donde se abona un pase, la entrada iba a ser más sencilla. 

La sonrisa de nosotros, los papás, todavía estaba intacta, tratando de sostener la idea del paseo. Los chicos, en cambio, ya hacían pucheros por perderse la feria más famosa de las vacaciones. El museo era la salvación. Pero no.

“¿Esa cola es para sacar la entrada?”, pregunté asombrada al personal de seguridad. “Sí, señora”, me respondió con cierta obviedad. Segundo gran chasco. Literal, teníamos unas cien personas por delante; padres con cara de hastío, niños fastidiosos, bebés llorando. Queríamos una salida tranquila y nos metimos en la boca del lobo. “De acá nos vamos”, dije y agarré a los pequeños para volver al estacionamiento. No habían pasado ni 15 minutos, pero tuvimos que pagar 80 pesos por la estadía en el centro comercial.

El señor marido ya estaba con cara larga y los nenes, a coro, preguntaban “adónde vamos”. Había otras opciones en mente: La Usina del Arte, La Rural, el Konex. Ganó el Centro Cultural Recoleta porque también tiene un museo de ciencias muy interesante para los chicos. Desde Once hasta Recoleta tardamos casi 40 minutos. El tránsito estaba imposible. Los chicos, más aún. Por suerte se entretuvieron con alfajores y celulares.

Mirá también: Vacaciones de invierno, amor y odio

Llegamos y de milagro conseguimos estacionamiento en la calle. Claro que tuvimos que buscar los cospeles porque no teníamos 45 monedas de 1 peso para poder pagar el estacionamiento medido. Lo logramos y allá fuimos. El clima acompañaba, soleado, despejado, pasamos por las hermosas plazas de Recoleta y nos quedamos un rato ahí mientras los chicos corrían de acá para allá. “Que bueno que todo marche bien”, pensé. Hasta que entramos al museo y otra vez vimos la laaarga fila de familias. El museo había abierto hacia unas 4 horas y aún así todavía teníamos cerca de 50 personas adelante. Desistimos. Los nenes ya estaban muy cansados y la idea de la salida no era ir a hacer colas aquí y allá. Entonces entramos al Recoleta y sin hacer ninguna fila participamos de un taller de escritura creativa, recorrimos sus instalaciones, descansamos en la sala de relax, saltamos a la soga y jugamos al elástico en la terraza. Ya empezaba a caer el sol, Bauti bostezaba y tenía hambre, así que decidimos buscar un bar lindo de esos que hay por la zona, para merendar.

La tarde terminó bien, los chicos estaban contentos, pero mi marido y yo quedamos destruidos de tanto ir y venir. Y ahí me convencí de que los barrios también son buena opción para pasear: tienen bellas plazas, teatros comunales con obras muy buenas, centro comerciales más chicos y menos concurridos y que, por sobre todo, las actividades no se acaban el día que terminan las vacaciones de invierno; todo el año es bueno para armar planes con los chicos. Y entonces tomé nota mental, para no olvidarme el año que viene: no salir en vacaciones de invierno.

Dejar un comentario