La Navidad y mi niña interior intacta

Recuerdo mis años felices de la infancia. La emoción que me daba cruzar desde Lomas de Zamora, parte de la provincia y la capital para llegar a Harrods a ver a Papá Noel. Me ponía el mejor vestido, los mejores zapatos y el mejor perfume y me hacía el mejor peinado. Era decididamente uno de mis momentos favoritos del año.

Ibamos con mi mamá, mis hermanos y “las melli”, unas primas porteñas que siempre -con su mamá, la Tía Necha- nos incentivaban con ideas nuevas para ver más allá de mi ciudad.

Mis ojos de niña recuerdan los laberínticos pasillos de Harrods como un palacio lleno de luces. Tenías que caminar bastante, subir y bajar escaleras y al final del camino te encontrabas con él, la estrella: Papá Noel.

Había que hacer cola -como ahora-, los nervios iban aumentando a medida que te acercabas y después, el momento cumbre: la barba blanca cerca, la carta, la posibilidad de que quizá lo que le pedías iba a estar debajo del arbolito y la felicidad infinita de llevarte una foto para siempre.

El jueves, en el evento del Hilton, me di cuenta que esa foto sigue adentro mío. Fuimos con mi hija Evangelina y la acompañé en su emoción y en su felicidad repitiendo el mágico ritual del encendido del arbolito, la carta y la foto junto al hombre de rojo intenso. Pero en un momento me escindí y apareció mi niña interior. Aparecieron los nervios y la emoción, esa ilusión que, pese a la realidad, no se va nunca aunque pasen los años.

La foto que acompaña este post es un reflejo del momento. Después de la larga fila infantil, algunos adultos nos animamos a hacer la nuestra para llevarnos un recuerdo también. No llevé carta pero les aseguro que, posando al lado del señor de rojo, le pedí íntímamente un regalo para 2020. Volví a sentirme pequeña, me reí y me latió el corazón con fuerza. Hasta me raspó la barba como en mi niñez.

Desde MUM brindamos por todas las niñas interiores que siguen intactas en ustedes. Cierren los ojos. Ahí están sonriendo también.

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