Diario de una madre con hijos sin celular

Vengo desde hace tiempo con esto dando vueltas en mi cabeza: desintoxicar a mis hijos de la tecnología, más precisamente del celular.

Y la nota que escribí sobre el proyecto Crianza Cibersegura (que pueden leerla también en nuestro sitio) me abrió un poco más la cabeza. ¿En qué momento mis hijos se hicieron tan adictos a los celulares? Si antes jugar siempre fue la primera opción, ya sea solos o conmigo, ¿por qué en los últimos meses no? La respuesta es más que obvia y hasta me da vergüenza: por comodidad. Es más cómodo darles el celular mientras desayunan, así yo puedo hacerlo tranquila también. Es más cómodo que tengan el celu mientras cocino, así no me preguntan cada dos segundos qué hacer porque están aburridos. Mi plus es que trabajo en casa y sentarme con la computadora con ellos alrededor, agota. El celular siempre me ayudó a que estén “tranquilos”. Y, si bien ninguno tiene celu propio, en casa siempre hay uno viejito a mano para ellos.

Pero este fin de año fue bisagra para mí en muchos aspectos y decidí, entre otras cosas que no voy a contar en esta nota, que iba a ser el año para desintoxicar a mis hijos de los smartphones, aunque no sabía ni cuándo ni cómo.

El 5 de enero, después de un día hermoso que pasamos en la casa de unos primos, al aire libre, con pileta y juegos, llegamos a casa a las 18 y lo primero que hicieron fue pedirme el celular. A mi respuesta de “no” siguió una catarata de caprichos, llantos y reclamos. ¿Era tan necesario el celu para ellos después de haber estado todo el día jugando, riendo y sin siquiera nombrarlo? Obvio que no. Pero, últimamente llegar a casa, para mis hijos era sinónimo de tener el celu un ratito. Una semana antes hubiera dicho “Sí, sólo un rato, total no les hace nada”. Pero mi no fue rotundo. Tienen cada uno su habitación y decenas de juguetes para entretenerse. No les basta. Y me cansé y los senté a los dos y les hablé con firmeza sobre lo que iba a pasar a partir de ese momento: “Desde este instante y durante todas las vacaciones los dos van a estar sin celular. Tienen mil cosas para hacer y el celu es siempre la primera opción, se terminó”, les dije ante sus miradas cómplices y caritas de no entender nada. Y por las dudas le sumé la restricción al uso del televisor también. Ellos saben que cuando yo digo algo, lo cumplo. Y así fue. Le pedí a Hernán, mi marido, que me ayude en esta decisión. Estuvo de acuerdo y se sumó al reto.

Primera semana sin tecnología. Obvio que me preguntaron si podían usarlo. No, no, no, no, no, no. No recuerdo cuantas veces dije no ese día. Guada, la más grande (tiene 9) se enojaba y reclamaba. Bauti, que tiene 5, berrincheaba en el piso. El celular es mi herramienta de trabajo, así que fue más difícil aún.

Pero ese día comenzó la magia.

Aunque se llevan cuatro años aún comparten juegos y es lo empezó a suceder. Volvieron a encontrarse jugando. Redescubrieron sus juguetes, sus autos, sus rompecabezas. Los incontables juegos de mesa que hay adentro del placard.

Los berrinches y reclamos siguieron el martes, pero el miércoles ya casi nada. No tenían celu y no veían tele desde hacía tres días. Y como plus… ¡dormían genial! No se despertaban de noche. Era el paraíso.

Día 4. Teníamos turno con el oculista. Y este profesional demora muchoooo en atender. “¿De qué me voy a disfrazar para entretenerlos?”, pensé. Llegamos y teníamos cinco pacientes adelante, fácil una hora y media de espera. En el consultorio había una caja llena de juegos de encastre. Se sentaron los dos en el piso y empezaron a jugar. A los diez minutos llegó una mamá con un nene de unos cinco, seis años. Se sentaron al lado mío, ella con el celu en la mano y, literal, el nene se lo arrancó sin siquiera pedirle permiso (me vi a mi en esa situación tantas veces repetida). La madre nada… lo dejó usarlo. Mis hijos se miraban entre ellos, me miraban a mí, miraban al nene. Y obvio que se levantaron para preguntarme si podían usar mi celular. “No, ya saben cuál es mi postura”, les dije. “Dale, ma… .para jugar un juego solamente, no voy a entrar a YouTube”, me dijo Guada. “No y no. Jueguen con los encastres”, le respondí con firmeza. La madre del nene que tenía al lado, me miraba raro.

Pero no hubo más reclamo ni berrinche. El nene con el celular, de vez en cuando dejaba el aparato para mirar a mis hijos jugar… quería sumarse. Y los míos, cada tanto, miraban de reojo el smartphone de aquel niño. Pasamos la prueba del consultorio del médico y yo me sentía victoriosa.

Los días siguientes fueron en paz, sin peleas, sin pedir el celular. La realidad es que empecé a permitirles ratitos de tele (sabía desde el principio que con la TV iba a tener que ceder) , pero siempre les pedí que se pongan de acuerdo para ver algo y no pelearse entre ellos. Resultó.

Hasta el momento tenía todo bajo control, pero todavía no habían salido de la ubicación “hogar en Banfield”. Mi hermana los invitó a cenar y a dormir en su casa. Programa sobrinos-tía. Les encantó. Le planteé a mi hermana la situación y les dije que podían ver tele, alguna peli los tres juntos por ejemplo, pero que su celular no se los dé. Aceptó. Comieron pizza, vieron la peli de los Minions, jugaron y la verdad que ¡el celu no se lo pidieron! Entonces supe que todo estaba dando sus frutos.

Definitivamente yo iba ganando la carrera.

Otro capítulo fue el de ir a la casa de amiguitos o que vengan a la mía. Habían pasado tres semanas y los invitaron a jugar a la casa de unos amigos. Confié en ellos, no les di indicaciones. Cuando los fui a buscar la mamá de los nenes me dijo que los más chicos se la pasaron jugando a la pelota y los autitos y las nenas solo usaron el teléfono para escuchar música en Spotify, bailar y jugar a concursos de danza. En el auto camino a casa me contaron lo que hicieron y los alenté a seguir jugando y divertirse y hablamos sobre la tecnología, lo bueno que era para algunas cosas, pero que ellos aún son chicos y tienen que disfrutar de su niñez sin pantallas. “Nos divertimos mucho, ma”, me dijeron al unísono. Sonreí.

Pasaron ya cuatro semanas de aquel primer día con hijos sin celulares. Las vacaciones aún no terminaron, tengo un mes más para seguir con este experimento. Pero creo que lo conseguí. El celular ya no es la primera opción de juego en mis hijos y eso está genial. Guadalupe leyó cinco libros en estas cuatro semanas. Y me pidió comprar algunos más, porque las clases recién comienzan en marzo y tiene mucho tiempo todavía para leer. Bautista esta a full con los autitos de Cars y las figuras de Avengers. Se disfraza un rato a superhéroe, otro rato corre carreras por toda la casa.

Realmente no sé si hubiera podido bancarme esta experiencia fuera de las vacaciones, con la rutina de levantarse temprano, cole, actividades extra escolares. Al principio, cuando les conté a mis amigas me decían “estás loca de hacer esto en vacaciones, ¿¿¿con qué los vas a entretener???”. Pero la verdad creo que el trabajar desde casa y tenerlos todo el día, aunque van a la colonia unas horas a la tarde, sirvió para estar más tiempo con ellos y acompañarlos en este proceso. No fue fácil para ninguno de los tres, pero hablando con calma y explicando el porqué y el para qué supieron acoplarse a la idea. Y resultó y en casa estamos todos contentos.

Sé que será una lucha diaria de aquí en adelante. Sé que mi hija mayor, que tiene 9 años, está camino a ser pre adolescente y llegará un punto en donde el celular tendrá que ser parte de su vida; no quiero que quede excluida del mundo. Entiendo que siempre será supervisando.

Hoy ellos no necesitan la tecnología. No precisan estar conectados 24 horas. No tienen por qué sentarse a mirar el celu, aislados de lo que los rodea. Ellos tienen que correr, jugar, ensuciarse con fibras, con témperas, con masa. Prefiero mil veces que lean hasta las dos de la madrugada a que estén con el celular en la cama. Al fin y al cabo la lectura desarrolla la creatividad y eso es lo que afloró más que nunca estas cuatro semanas en ellos. Yo puedo trabajar con el celular que ya no lo piden. Eso sí, estar con Instagram mientras ellos juegan no es parte del pacto. Yo tengo también que desintoxicarme un poco del celu y de las redes. Desconectarme para conectarme más con ellos, en esta nueva etapa. Recuperar tiempo con la cola en el piso y las tardes de bici y plaza.

Foto: Victoria Coello

Dejar un comentario