Diario de mi dieta digital

El desafío -y la repercusión- del diario de la desconexión digital de Paula me quedó repicando en la cabeza. Un pico de estrés me hizo tomar la idea y las vacaciones cercanas me dieron la posibilidad. ¿Y si era yo la que me desconectaba voluntariamente de la tecnología?

La idea me la había propuesto ya un colega y tuve que rechazarla: vivir una semana sin usar el teléfono y contarlo en una nota. Como dije ya acá, no solo es para mí una herramienta de trabajo sino un modo de conexión con mi familia. Iba a ser realista: más que desconectarme, me iba a poner a dieta. Esta iba a ser una dieta digital.

Como diría mi nutricionista, hay que ordenarse. Mi orden entonces fue, primero, silenciar las notificaciones de WhatsApp. Esta herramienta es tan útil, pero por momentos siento realmente que me enferma: llegué a contabilizar, un día, que 40 personas me contactaron por WhatsApp, en varios casos más de una vez cada una. Si cuento sólo un minuto de interacción por cada uno de esos contactos (que fueron más minutos, obviamente) me di cuenta de que pasé una hora entera de un día de mi vida solo contestando mensajes de WhatsApp.

Desde ese día hace pocos meses, cuando tuve esa revelación, me limité. Pero siento que soy descortés si “clavo el visto”, aunque mi estado diga “te contesto cuando puedo”. Silenciar las notificaciones, no ver la llamadita de “tienes mensajes”, alivió el arranque de mi dieta. Fue como haber tirado todas las bolsas de golosinas de la alacena. 

La gran ayuda, debo admitir, me la dio llegar a una cabaña en Tandil en la que el WiFi funcionaba pésimo y la señal de teléfono, directamente, estaba muerta. La dieta pasó de golpe a ser ayuno. Y aunque cuando iba al centro revisaba solo el correo personal y hacía una mirada rápida al WhatsApp, pude llevar mejor la abstinencia de lo que pensaba. Lo que más sufrí fue no poder ver ninguno de los capítulos de las series que estoy siguiendo porque no había ni Netflix ni Flow. Pero empecé un libro que tenía muchas ganas de leer y venía postergando hace rato.

Un paso importante en mi dieta digital fue limitar las redes sociales. Instagram me divierte, me pone al tanto, me permite acercarme a muchas personas e interactuar, hasta me permitió  hacerme amigos. Pero, ¿vieron que cada tanto aparece algún estudio de alguna universidad que dice todo lo mal que nos hacen psicológicamente las redes? Digamos que IG es como el alcohol: una copa de vino tinto te aporta polifenoles y combate el envejecimiento celular. Pero si pasás la raya, el asunto se complica.

Una amiga me lo hizo notar hace unos meses: me dijo que inconscientemente ella veía a personas a las que quiere y les desea todo el bien del mundo haciendo ciertas cosas y eso le generaba sentimientos que no estaban tan buenos. ¿Alguien puede decir que nunca le paso? Si estoy disfrutando de mis vacaciones con mi familia, ¿necesito ver las fotos de alguien más en algún otro lugar? ¿Necesitan ustedes que yo les relate mis vacaciones en tiempo real? Y más importante, ¿necesito yo relatárselas para disfrutarlas? Cuando voy a sacar una foto, ¿por qué pongo la cámara vertical para Stories si estoy sacando una foto de una sierra y se ve mejor horizontal? Les juro que volví a sacar fotos apaisadas para mi álbum familiar.  E incluso hubo fotos que no saqué: “Guardémosla en nuestra memoria”, me dijo mi hija, y tenía razón.

Como en cualquier dieta, reducir las calorías tecnológicas no fue fácil. La segunda etapa de las vacaciones siguió en Valeria del Mar. Volví a tener 4G, pero también algunos problemas en el WiFi. Lo que en Tandil me tomé con calma, se me volvió irritación. De nuevo, lo que más extrañé fueron las series (si tuvieras que elegir un solo consumo digital, ¿cuál sería?). Pero la señal de teléfono me hizo una trampa: me di cuenta de que iba al celular sin razón, porque estaba ahí, a ver sitios de noticias, el pronóstico del tiempo, una página de e-commerce o pispear el mail. Lo que les reclamo a mis hijos, también lo hago. ¿Cuánto de la relación negativa que vemos con la tecnología en ellos no lo tenemos nosotras?

Hubo algo en estas vacaciones. Una reflexión. Como Paula lo vio claro con sus hijos, yo lo vi conmigo. No estoy renegando de nada de lo que la tecnología me permite. No voy a desaparecer de las redes ni a dejar el WhatsApp. Seguiré escribiendo mails kilométricos, seguiré consumiendo Twitter, seguiré compartiendo algunos fragmentos de mi vida —porque lo que vemos de cualquiera en las redes sociales no es su vida, sino solo un pequeño recorte, como asomarse a una ventana que nosotros deliberadamente abrimos— en Instagram, y de hecho ahora acá estoy escribiendo. Pero deseo y espero que esta dieta de verano se transforme en un plan alimentario para todo el año:

✅ Las notificaciones siguen desactivadas.

✅ Si no aparezco unos días por aquí, no pasa nada.

✅ Si no te contesto el mensaje, no es que sea descortés.

✅ Si es un tema laboral, mejor mándame mail.

✅ Si no te respondo y es algo tan urgente que no puede esperar a mañana, llámame. Y si no atiendo es que a lo mejor estoy fuera de mi horario laboral haciendo algo personal o familiar.

✅ Y si vos no me contestás un mensaje porque también tenés una vida más allá de tu trabajo, tranquilo/a, no hay problema. Si es algo tan importante que no puede esperar a mañana, te voy a llamar por teléfono como hacíamos antes y si no estás disponible te dejo un mensaje en el contestador. Cuando las personas quieren y necesitan comunicarse, de un modo u otro lo logran.

✅ Quiero seguir construyendo redes a través de la tecnología. Conociendo gente, descubriendo cosas (mis colecciones de Instagram son como los viejos cuadernos en los que guardo tanto para hacer que necesitaría una vida paralela), compartiendo, interactuando y divirtiéndome.

Escribí hace unos días que para los chicos el celular es como manejar un auto. Me di cuenta de que yo misma me subo a ese auto y salgo a correr una picada. A veces, muchas, es inconsciente. Pero no quiero hacerlo más. Quiero conectar con las cosas y las personas desde un lugar más sano. Pisar más el freno y menos el acelerador. Espero lograrlo.

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