Lo que nadie te cuenta de la lactancia

Del 1° al 7 de agosto, Unicef celebra desde 1992 la Semana Mundial de la Lactancia Materna para concientizar sobre los beneficios de la lactancia y promoverla.

La lactancia fue mi experiencia más dura como primeriza. Quiero aclarar que soy absolutamente pro lactancia. Pero también que estoy en contra de cierto fundamentalismo de la lactancia que, como todo fundamentalismo, se cierra en sí mismo sin aceptar ni siquiera entender otras razones o posiciones. Y nos deja a las mujeres en un lugar donde -como tantos otros lugares— lo que primero nos aparece es la culpa.

Jamás dudé de que quería darle la teta a mi hija. Nuestra leche es el mejor modo de darle a nuestro hijo todos los nutrientes que necesita y es también la “primera inmunización” que recibe, una vacuna natural e irremplazable. Es también el único alimento que precisa hasta los seis meses. Leí todo lo que tenía a mi alcance sobre la lactancia, me informé, estudié lo que me dijeron en el curso de preparto, usé las cremas en los pezones que me recomendaron, presté atención a cada indicación de la puericultora, todo para alcanzar esa foto hermosa que se ve en todas las campañas de las asociaciones promotoras de la lactancia. Pero apenas salí de la clínica, descubrí que esa foto, al menos para mí, tenía mucho de afiche promocional y muy poco de realidad.

Compartiendo luego experiencias con otras mamás, no logré encontrar a ninguna que me dijera que la lactancia había sido para ellas así, como la foto de las revistas. Incluso mi cuñada, obstetra ella, me reconoció después de mis lágrimas que también la había pasado mal. Y creo que el gran problema está en que nadie te cuenta lo que te va a esperar. Todos te dicen que el bebé naturalmente se prenderá a la teta, que todas las mujeres tienen la cantidad de leche que su hijo necesita, y que esa leche será suficiente para alimentarlo sin que necesite nada más en su primer semestre de vida, hasta que empiece a incorporar los alimentos sólidos.

Pero las cosas no siempre funcionan. Puse a Paloma en el pecho apenas me la dieron y se prendió naturalmente. La puericultora corrigió algún defecto de mi posición y ahí arrancamos. Genial… hasta que bajó la leche. Mis mamas se inflaron como dos rocas, y por más que la beba succionaba hasta hartarse, la leche seguía ahí. Con mi hija de apenas tres días, la primera noche en casa sentí que enloquecería de dolor. La tía obstetra sacó el recetario e indicó media hora bajo la ducha caliente aflojando esos nudos imposibles. Después, masajes, a poner a la bebé en cada teta y a sacar el excedente con el sacaleche para ahuyentar el fantasma de la mastitis. Ya ni recuerdo cuántas horas llevaba ese operativo: sólo recuerdo que cuando había terminado, me quedaba media hora y otra vez tenía que volver a empezar, para cumplir las tres horas. No podía dormir, apenas comer. Pensé que mi humanidad se había convertido sólo en una teta. ¿Iba a ser siempre así? ¿Mis días se iban a reducir a ducha, masaje, teta en un ciclo repetido hasta el infinito?

La cuestión se estabilizó y llegó entonces el segundo problema, aún peor: el dolor insoportable en los pezones. Me puse los casquetes o andaba por la casa en topless en pleno invierno, pero el dolor no cedía. La tía obstetra sugirió entonces amamantar con la pezonera de silicona, que quedaba en la boca de mi pequeñita como un chupete ridículo, frustrándola a ella y frustrándome a mí. Así, inconscientemente, empezaba a angustiarme cuando se acercaba el momento en que Paloma tenía que comer. Lloraba, no quería: lo más deseado, alimentar a tu hijo, era para mí un sufrimiento. Y volvía a la teoría que había aprendido, y no encontraba mi error. Como si fuera poco, mi madre, criada en la libre demanda, me cuestionaba haciéndome sentir la peor mamá del mundo.

La situación llegó al extremo una noche, con mi hija llorando de hambre, yo con los pezones sangrantes y llorando más fuerte que ella. Mi marido me la sacó de los brazos. Me hizo entender que eso no le servía ni a ella ni a mí. Me saqué la leche con el sacaleche, la puse en una mamadera y se la di. Así empecé a alternar entre este método con la fórmula y la lactancia directa, reservando siempre ésta para la última teta de la noche. Ahí pude llegar a la imagen de la foto: en su cuarto, sentada en el sillón, con una luz tenue, la amamantaba mientras la arrullaba y la dormía.

Recién entonces, pasado más de un mes, me pude reconciliar con la lactancia y disfrutar, en esos ratos que compartíamos con Paloma, de ese vínculo único. Llegué con la lactancia hasta los seis meses, ayudada por la fórmula: también aprendí a que cuando no podés cumplir sus necesidades solo con tu leche, no tenés que estigmatizarte y buscar consejo y apoyo en tu pediatra. Y hoy recuerdo incluso la última vez que tomó la teta, casi como una despedida con nostalgia.

 

Este post se publicó originalmente en Disney Babble Latinoamérica

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