Si la maternidad nunca es fácil, esta larga pandemia que estamos atravesando nos la ha hecho más compleja aún. Así tengas bebés, niños pequeños o adolescentes, los desafíos se multiplican. Y, también, las preguntas sobre la crianza.

Flavia Tomaello es periodista y escritora. Hace unos años, cuando era el boom de las “madre tigre”, publicó con el asesoramiento de la psicóloga Marisa Russomando el libro “¿Qué animales somos como madres?”. Ahora, después de estos meses arduos, conversamos con ella sobre cómo la maternidad se nos resignifica en este contexto cada vez más desafiante.

–Muchas veces escuchamos del instinto maternal. ¿La maternidad es instinto o es una construcción?
–Yo no creo que exista el instinto maternal en abstracto, desde el punto de vista de que todas las mujeres tenemos eso que viene con nosotros. Sí creo que las que son mamás (pero esto nos pasa en mil hechos de la vida, no sólo con la maternidad), en ocasiones se atosigan de lecturas en búsqueda de “la” respuesta que les permita “solucionar” cada paso que tienen que dar. Confío más en los libros que te interpelan (es una palabra que se puso de moda, y que está perdiendo efecto). Esos profesionales u obras que te dan algunas pautas según su parecer, pero que no la consideran una “verdad revelada”, salvo en temas muy precisos (vacunar o no, por ejemplo). Me parece que estamos perdiendo el olfato para hacer las cosas. Leía el otro día un artículo de Maritchú Seitún (en este momento va mi reverencia), donde decía que desde que usa el GPS perdió sus atajos preferidos al manejar y se dejó llevar por lo que dice el aparato. En mi libro hablo de ese instinto: de volver a bucear en nuestra propia naturaleza a la hora de decidir. Escuchar a otros, aprender de los que consideramos más expertos, recurrir a lecturas y fuentes, pero usar un tamiz personal donde puedas encontrar qué te va bien a vos, qué te suena, que empata con la familia que tenés o que en ese momento podés hacer.

–¿Cómo moldeamos hoy las mujeres el modelo de madre que somos?
–Creo que es imposible generalizar. Sobre todo en este tiempo donde creo que la globalización nos transformó en aldeas nuevamente. Más que contactarnos entre todos, armó “clubes” de los que piensan como yo. Me parece que en vez de nutrirnos de más saberes, nos circunscribimos porque hay mucho miedo a “no hacer lo que se debe”, sin saber exactamente si existe un “qué se debe”. Hay muchos tipos de mamás (solas, urbanas, aisladas, que trabajan fuera de casa, que son emprendedoras y mezclan la crianza con el trabajo en las cuatro paredes del hogar, con recursos y con dificultades, en variadas formas de convivencia, ensambladas…), creo que cada una hace lo que puede y que la pandemia, precisamente nos enseño, que en ocasiones nos dedicamos poco tiempo a pensar qué queremos hacer de nosotras (como madres, y en otros frentes también). Una de las cuestiones que planteo en el libro es que trabajemos un poco en reconocer qué mamás queremos ser. No vamos a poder ser la soñada, la impoluta, la del premio Nobel. Entonces, desde la humildad de reconocer que haremos lo que podremos y que nos vamos a equivocar, me gustaría pensar que el modelo de mamás que somos lo moldeamos repensándonos, siendo misericordiosas con nuestras fallas, reintentando cada vez reflexionar sobre las elecciones que hacemos, escuchando a profesionales en los que confiamos, a otras mamás que nos resultan referentes, pero que siempre somos capaces de preguntarnos sobre cuán cómodos o afín a lo que queremos es eso para nosotros.

–Tu libro partió del fenómeno de la madre tigre, del que tanto se habló hace unos años. ¿Qué nos dice ese modelo de las exigencias que se nos ponen como madres?
–En verdad el modelo habla de un estilo de madre muy severa con sus hijas, con instancias que no nos parecerían muy lógicas en la cultura que vivimos (a pesar que la autora de esa obra es de origen oriental pero nacida en Estados Unidos), cuestiones como que sus hijas nunca durmieron en casas de amigas hasta su mayoría de edad, o que tenían que estudiar cierta cantidad de horas diarias el violín porque, según su forma de ver, es el instrumento que mejor modela la disciplina. Una formación inspirada en la que recibían los samurais. Hoy sus hijas ya son adultas y agradecen la educación que recibieron. El planteo que hicimos frente al modelo es si podemos pensar en “un” modelo, o incluso en “dos” (el opuesto al de tigre), o que somos una gama de familias bastante más en gamas de grises capaces de tener todo un zoológico de “modelos.

–¿Hay modelos de crianza que puedan identificarse con animales? ¿Cuáles serían?
–Tomando un poco con humor aquello de la “madre tigre”, jugamos a tratar de encontrarnos e identificarnos en ciertos modelos de crianza posibles que te acercan más a un modelo que a otro… hablamos de conejo, lagarto, mono, camaleón, vaca, etc. La idea fue que te trates de encontrar para reconocerte y que, un poco jugando, y un poco en serio, esa intención de localizarte en ese juego, te ayude a pensarte en función de qué cosas hacés mejor, qué te gustaría cambiar, qué plan te propusiste y no funcionó y también que aprendas a “leer” un poco a tus hijos, porque cada uno de ellos también tiene su personalidad.

–Hablás de que los límites están en debate. El de los límites fue un gran tema en esta cuarentena. Por ejemplo, con los chicos que quieren quedarse jugando a la Play hasta entrada la madrugada o que no respectan las reglas de, por ejemplo, encender la cámara en el Zoom. ¿Cómo queda ese debate por los límites, justamente, después de este año de pandemia?
–Creo que vivimos una generación de padres excesivamente permisivos, que le cedieron el control remoto a los chicos y que es una situación natural después de padres que fueron muy exigentes con nosotros. Como de costumbre, los extremos nunca son lo mejor. Creo que esos papás que entraron en cuarentena sin muchos límites se las vieron complicadas porque se dieron cuenta de que el orden lo ponía, relativamente, la escuela. El cole te limitaba los horarios, te organizaba las tareas y delegabas en él la cadencia del hacer de la semana. Cuando desaparece eso, te das cuenta de que los límites te toca ponerlos a vos. No me parece que tengamos que ser estrictos en nada. Los límites se repiensan y renegocian. Este año fue totalmente diferente a todo lo vivido, entonces, como te contaba más arriba, no deberíamos sentirnos tan mal por los descarrilamientos, yo me preocuparía más de no haberme dado cuenta que despisté. Creo que son  tiempos de nuevos acuerdos, pero que aún así, hay ciertos temas que, incluso, por salud, todos debemos mantener: las cuatro comidas, el ritmo del sueño (para los más chicos porque es cuando procesan lo aprendido y porque lo necesitan para crecer) considerando que se duerme mejor de noche. Sacarse el pijama, cierto orden en casa, colaboración entre todos… cada familia verá qué es lo que puede en función del punto de partida en el  que entró en la cuarentena y cómo lo ha ido pasando.

–Al mismo tiempo, los adultos también estuvimos atravesados por un torbellino de emociones estos meses. ¿Cómo mantener un límite sano cuando nosotros mismos estamos arrasados y sobrepasados en nuestros límites?
–Primero me parece que teniéndonos paciencia. Asumiendo que somos personas, que lo que les pasó a los chicos, nos pasó a nosotros, que no siempre supimos si estaba bien el camino tomado, que tuvimos miedo, angustia, perdimos trabajos, o nos distanciamos de afectos. Que esa tribu que integraba nuestra vida (amigos, tíos, abuelos, vecinos, entorno social ampliado) desapareció. Entonces, sabiendo todo esto, nos tenemos que dar un poquito de permiso a equivocarnos, desbordarnos, pifiarla… pero me parece peor no darnos cuenta, que no nos preocupe que eso nos pase. A mí me parece que cuando estás atento a lo que hacés, tenés intención de mejorarlo. Pero no con la idea de castigarte, sino con el objetivo de hacerlo mejor para vos y para tu familia. Que te desbandes también puede ser una oportunidad de aprendizaje para tus hijos, donde podés explicarles que uno a veces también se equivoca y que está bueno darse cuenta, parar y recalcular. Que no hay nada de malo.

–Hablabas de la escuela y que muchas veces los propios padres reclamamos los límites de parte de la escuela. ¿Es ese el rol que tiene que tener?
–Creo que no en términos de valores y crianza base. Me parece que uno elige la escuela que cree que da continuidad a esos principios que vos querés tener en tu casa. Pero sí me parece que en la vorágine en que se ha transformado la vida moderna, se delegaron cada vez más atributos a la escuela para que sea el ente organizador. Creo que son los papás/mamás quienes deben colocar el marco que desean para la crianza de su prole. La escuela acompaña. Del mismo modo que los papás/mamás acompañamos en el marco académico, pero no somos los responsables de impartirlo.

–Hablás también de todo lo que soñamos como padres: hijos educados, que se esfuercen, que exploten sus talentos y que sean felices. ¿Cuál es la receta?
–No hay receta… creo que buscamos que ellos la pasen lo mejor posible, pero eso es muy diferente de familia en familia… habrá quien considere que ser feliz sea que consiga buenos empleos o que llegue lejos en su carrera académica; otro lo verá como que pueda mantener el éxito de un proyecto familiar… Creo que la receta es muy personal y que muchas veces el sueño de los papás no es el de los chicos… Me gustaría pensar que el sueño de los adultos debería ser acompañarlos a ellos en sus propios sueños.

–Y por último, te vuelvo al principio. ¿Cuál es ese instinto que tenemos que recuperar en la crianza?
–Escucharnos en silencio exterior. Sin contaminación. Me pasó algo particular cada vez que me entrevistaron por alguno de mis libros. Los periodistas (cosa que agradezco que en tu caso no pasó) me pedían las recetas. Tipo: cuáles son las 5 claves para… Precisamente el instinto es lo contrario: es escuchar los millones de claves que andan dando vueltas, hacerte eco de las que te resuenan como interesantes, y meterte un poco para adentro. Ver qué te sale a vos respecto de esas claves (a vos como mamá y con tu pareja, con quien sea que compartas la crianza). Pienso que muchísimas generaciones se criaron (y no tan mal) sin tantos profesionales dándoles recetas. No reniego de ellos nunca, para nada. Pero lo que sí creo es que lo bueno en tu familia es aquello que vos sentís que está bien para ella. A ese instinto creo que tenemos que volver.

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