¿Son nuestros nuestros hijos?

Hace unos días, mi amiga Diana Baccaro escribió este hermoso texto en Clarín en el que se pregunta cuándo es el momento en que tenemos que aceptar la madurez de nuestros hijos, y dejarlos ir.

En esta foto que acompaña este texto, mis hijos eran muy pequeños. Me encanta esta foto, en unas vacaciones, la situación en la que estamos los tres. Fue hace tanto, y ni se me ocurría entonces hacerme la pregunta que se hace Diana: ¿cuándo un hijo deja de ser un chico para convertirse en una mujer o en un hombre?

En estas semanas, estuve viendo una serie muy movilizante: Pequeños fuegos por todas partes. Se sitúa en un pequeño pueblo en el norte de Estados Unidos en la década del 90, y aunque parece que va a hablar sobre el racismo subyacente incluso en las sociedades que pretenden ser más progresistas, en realidad es un viaje profundo a las entrañas de la maternidad.

¿Qué define a una madre? ¿Qué es ser una “buena madre”? ¿A qué somos capaces de renunciar por nuestra maternidad? ¿Tenemos derecho a pasar facturas por esas renuncias? ¿Con cuántas presiones cargamos a nuestros hijos? Y, la pregunta fundamental, ¿son nuestros nuestros hijos?

Ese interrogante punzante, incómodo, se enlaza con aquel sobre el dejarlos ir y también con esta foto. ¿Cuántas veces nos sentimos “dueñas” de nuestros hijos? Obviamente que no pasa a nivel consciente, pero quizás deberíamos mirarnos un poquito más hacia adentro y mirarlos a ellos, escucharlos y escucharnos, y detectar esas actitudes en las que, buscando lo mejor para ellos, nos los “apropiamos”. La maternidad es un viaje complejo y hermoso, que empieza en el deseo, pero no termina en el momento en que los dejamos ir. Esa quizás sea, sí, la escala más importante del viaje: en la que ellos siguen su camino y nosotras empezamos a mirarlos ya no adelante, ya no al lado, sino detrás.

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